Residencia de estudiantes en Vinh (Vietnam) : un lugar donde germinan el amor y la fe
En Vinh, Vietnam, la residencia de estudiantes de las Hermanitas de la Asunción es mucho más que un simple lugar de alojamiento. Tras un año de acompañamiento, una hermana da testimonio de la riqueza de los lazos que se han tejido, de la vida fraternal y del camino de fe compartido con las estudiantes. Una experiencia en la que los gestos cotidianos se convierten en fuente de crecimiento humano, espiritual y misionero.
Al repasar el camino recorrido a lo largo de este año de acompañamiento a las estudiantes de la residencia HA, me doy cuenta de lo rápido que ha pasado el tiempo. De las dudas y preocupaciones de los primeros días, hoy sólo queda un tesoro inestimable. Para mí, la residencia HA no es ni una obra grandiosa ni algo extraordinario. Sin embargo, está tejida con innumerables pequeñas historias cotidianas. Son las carcajadas compartidas mientras se limpian los rincones polvorientos de las habitaciones, las palabras de cariño y ánimo que se intercambian al volver de clase, las miradas radiantes durante los encuentros fraternos, los momentos dedicados a preparar las comidas juntas y a compartirlas alrededor de la misma mesa, los instantes de oración vividos en comunión fraterna.
Un año no es mucho tiempo, pero ha sido suficiente para recoger todos esos pequeños fragmentos de vida y reunirlos en un auténtico tesoro de amor que guardo en mi corazón. De él he extraído valiosas lecciones, ricas experiencias humanas y espirituales, así como numerosas gracias que seguirán acompañándome en mi camino.
Al repasar este año que acaba de terminar, mi corazón rebosa de acción de gracias. Doy gracias a Dios por todos los dones que me ha concedido a través de la Congregación, las hermanas de la comunidad de Vinh y las estudiantes. Este tiempo que he pasado viviendo, compartiendo y acompañando a las jóvenes de la residencia ha sido para mí una auténtica gracia.
Esta residencia no es sólo un lugar de alojamiento destinado a las estudiantes que han venido a continuar sus estudios; es también un espacio donde se nutren la fe y la vida fraterna, y donde poco a poco se construye una segunda familia. Al principio, al igual que las estudiantes, yo también me sentía un poco indecisa y reservada. La mayoría de ellas habían dejado, por primera vez, a su familia y su pueblo natal para continuar sus estudios en Vinh. Las preocupaciones relacionadas con un nuevo entorno y las exigencias de la vida universitaria se reflejaban en sus rostros.
En mi labor de acompañamiento, siempre me he esforzado por ser, ante todo, una hermana, capaz de escuchar, comprender y apoyar a cada una de ellas. Porque el hogar HA es una casa que abre de par en par sus brazos para acoger, proteger y alentar los sueños de estas jóvenes.
Al caminar a su lado, he descubierto más profundamente las aspiraciones, las dudas y las preocupaciones de la juventud de hoy. En una sociedad marcada por numerosas presiones y tentaciones, los jóvenes no sólo necesitan un alojamiento seguro; sobre todo, necesitan un apoyo humano y espiritual sólido. El centro es precisamente ese espacio de paz y de crecimiento interior.
Los momentos de oración comunitaria por la tarde, las celebraciones eucarísticas vividas con fervor, los momentos de compartir en torno a la Palabra de Dios, así como las vigilias de oración según el espíritu de Taizé, les han ayudado a arraigarse más en su fe. Percibo una fuerza espiritual discreta que alimenta su corazón día tras día y les ayuda a avanzar con confianza.
Más allá de la vida espiritual, la residencia es también una escuela de formación humana y de aprendizaje de la vida en comunidad. Me alegra ver cómo las estudiantes se ayudan unas a otras y preparan juntas comidas sencillas pero acogedoras. Las risas alrededor de la mesa, las tardes que pasan estudiando codo con codo, los favores que se prestan en la sencillez del día a día les enseñan poco a poco a escuchar, a respetar las diferencias, a compartir y a quererse como miembros de una misma familia.
Actualmente, la residencia acoge a trece estudiantes, repartidas entre el primer, el segundo y el tercer curso universitario. Cada una tiene su historia, su carácter, sus talentos y su propio recorrido, pero todas juntas forman una pequeña familia unida y fraternal. Nuestra residencia está situada en el corazón de un barrio mayoritariamente no cristiano. La presencia de estas trece jóvenes católicas se asemeja a esa levadura discreta de la que habla el Evangelio. Es cierto que a veces se enfrentan a ciertas dificultades, pero su comportamiento respetuoso, su sencillez, su espíritu de compartir, su preocupación por la limpieza y su atención hacia los más pobres se convierten en otras tantas formas silenciosas de anunciar la Buena Nueva. A través de ellas, descubro toda la fuerza del testimonio cristiano vivido en los gestos más sencillos de la vida cotidiana.
Entre los recuerdos más bonitos que comparto con las hermanas y las alumnas se encuentran las actividades caritativas. Guardo en mi memoria su generosidad cuando no dudaban en enfrentarse al sol o a la lluvia para recoger materiales reciclables o vender bolsitas de anacardos con el fin de recaudar fondos; o cuando, a pesar del frío del invierno o del calor agobiante de Vinh, las estudiantes y las hermanas repartían cuencos de sopa caliente a los enfermos sin recursos y a las personas en situación de precariedad. Al ver sus sonrisas radiantes mientras servían a los demás, percibía su crecimiento en la caridad y su sincero deseo de vivir para los demás a través de los gestos más sencillos.
Su juventud, su dinamismo, su generosidad y su entusiasmo han sido para mí una fuente constante de ánimo y esperanza. A través de ellas, el Señor me ha enseñado a escuchar más, a confiar en la acción discreta de su gracia y a descubrir su presencia en el corazón de las realidades más sencillas de la vida.
Doy gracias al Señor y agradezco a la Virgen María por haber velado por nuestra residencia y haberla colmado, a lo largo de este año, de paz, de amor fraternal y del amor de Dios. Que esta bendición siga acompañando a todas aquellas que crucen el umbral de esta casa, para que siga siendo siempre un lugar donde crezcan la fe, la esperanza y la caridad, un lugar donde cada joven pueda sentirse acogida, amada y animada a convertirse plenamente en la persona que Dios la llama a ser.
Hna. Phước
