Fianarantsoa : Semillas de paz en el corazón de los barrios

Una pasión común, Dios y los pobres

Fianarantsoa : Semillas de paz en el corazón de los barrios

En un barrio pobre de Fianarantsoa, al sudeste de Madagascar, las familias afrontan la cotidiana precariedad, violencia y falta de perspectivas de futuro. Frente a estas realidades, las Hermanitas de la Asunción y laicos acompañan a niños y jóvenes de los más vulnerables a través del Centro Akany Fivoarana (Nido de Desarrollo). Convencidos que la paz se construye antes en los corazones y las relaciones, juntos actúan en las familias, para que cada niño se convierta en actor de su propia transformación.

Testimonio de profesores del apoyo escolar

En los Barrios de Fianarantsoa en Madagascar, muchas de las violaciones de los derechos humanos e injusticias atentan contra el clima de paz y conducen a las familias a percibir la vida como un «infierno » donde ven alejarse su dignidad humana. Pero en el corazón de esta vida cotidiana, permanece el deseo de salir del aislamiento. Muchos hombres y mujeres, jóvenes y niños se arriesgan a construir con sus manos parcelas de esperanza, día tras día. Como decía Elie Wiesel, premio Nobel de la PAZ en 1986 « La paz es nuestro regalo al mundo. La paz comienza por una palabra, un gesto, una escucha ».

Si el mundo está enfermo, es también una tierra sembrada de semillas de esperanza. Cada persona, con otras, en su relación a Dios y al entorno, tiene entre las manos, los medios para una transformación, para una vida mejor.

Una de las actividades propuestas por el Centro « Akany Fivoarana » (Nido de Desarrollo) de Fianarantsoa, es el acompañamiento escolar de los niños asumiendo el cuidado del niño y de su vida. En cada acontecimiento del día, el niño es considerado como una «perla » para la sociedad. A pesar de las realidades personales y familiares, a menudo difíciles, las actitudes benevolentes facilitan el diálogo entre los alumnos, los profesores, sus padres y las Hermanitas de la Asunción. Este interés particular abre una nueva mirada sobre el niño, el joven y su entorno. Ya desde su llegada por la mañana, su realidad cargada de misterio más negativo que positivo, en que sus primeros deseos no son cubiertos. Sus heridas, mal gestionadas, están marcadas por violencias familiares, falta de alimento, ausencia de alojamiento digno, y tantas violencias visibles o invisibles que hieren al niño e impiden el aprendizaje por elemental que este sea.

En este espacio abierto, los niños vienen a profundizar su aprendizaje después de la escuela. Es bueno percibir el clima de paz que en él reina y que hace surgir una pregunta…  ¿Cómo se logra que aquí no haya violencia, como existe en numerosos lugares donde no se tienen en cuenta las necesidades fundamentales?

En los momentos de «crisis», restaurando la vida por el diálogo, a los profesores-educadores les gusta compartir el espacio de escucha y de verdad que hacen entrar al niño/joven en otra mirada sobre sí mismo. La experiencia hecha en otras instituciones, donde la « Ley-disciplina » es el principal funcionamiento de la vida escolar, la violencia (verbal o no), no encuentra cómo canalizarse e impide la confianza. Estos sentimientos crean un aislamiento en el que es fácil encerrarse cuando todo va mal. Es bueno colocar al niño o al joven en un nuevo impulso en el que el aprendizaje no sea el todo.  Si los cursos de recuperación están organizados para sostener los estudios, existen múltiples actividades extraescolares que abren el espíritu con más amplitud: sensibilización al respeto del entorno, descubrimiento de espacios naturales, juegos educativos, salidas culturales, replantación de árboles, torneos de futbol, etc

A diferencia del sistema escolar « ordinario » hecho sobre todo de obligaciones, la manera de retomar la palabra facilita la toma de conciencia y la transformación de lo vivido en positivo. La persona crece en un deseo voluntario más personal, sale de un sistema de obligación cerrado. Este objetivo ayuda a ser consciente de su educación, a fin de ser capaz de reflexionar, de comprender lo que es bueno o menos bueno para él. Al tomar conciencia personalmente de los acontecimientos mal vividos, el niño está llamado a transformarse por sí mismo.

El deseo de aprendizaje echa fuera el miedo a no ser capaz. Para el equipo educativo, su deseo al trabajar con jóvenes es desarrollar una postura coherente para la escucha activa. Frente a la problemática de un niño, la palabra recuperada con él y con su familia, evita encerrarlo en una situación sin comprenderla demasiado. El intercambio entre unos y otros permite acoger las emociones personales y este trabajo sobre los sentimientos puede hacerse para ir más lejos que el hecho discordante. Cada uno en su toma de conciencia, descubre una mayor verdad interior.

El trabajo de escucha activa se convierte en un medio de entrar más profundamente en un bienestar colectivo y la paz brota naturalmente para todos.  Es bueno ver y acompañar a los padres que toman consciencia de la manera no ajustada de educar a sus hijos.

Una verdadera educación a la Paz pasa por la comprensión de lo que se vive. Ella puede dar esperanza en otro modo de vida, en un mundo nuevo, en lugar de seguir actuando por obligación. Últimamente, ha sido interesante oír cómo niños tocados por una vida dura, tienen la preocupación de participar con otras asociaciones en la plantación de 3.000 árboles en una mañana. Sus rostros reflejaban el gozo de contemplar sus acciones para una tierra más vivible.

Toda esta abertura impide el miedo generado por la sociedad, con las mañanas sin futuro…   Este respeto de uno mismo, del otro, abre un camino de atención para percibir mejor lo vivido en las diferencias como una riqueza. Los pequeños gestos cotidianos, las palabras delicadas, de reconocimiento y de agradecimiento pueden contribuir a ofrecer la paz al corazón de este mundo.

Hnas. Antoinette et Patricia ,
en comunidad en Sahalava y Ampopoka

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