En misión en Lima, Perú: sembrando esperanza desde lo cotidiano: una vivencia que transforma

Una pasión común, Dios y los pobres

En misión en Lima, Perú: sembrando esperanza desde lo cotidiano: una vivencia que transforma

« Debemos hacer que Jesucristo sea conocido y amado en las familias más pobres — no a través de sermones elocuentes, sino mediante una presencia humilde y un servicio cotidiano ». (Cita en el espíritu del Etienne Pernet)

Esta reflexión no es un eslogan, sino una invitación concreta a vivir: compartiendo vida y misión entre los pobres, amar con gestos humildes y sencillos. Y eso es precisamente lo que tengo la dicha de experimentar cada semana en el Apoyo Escolar Semillas de Esperanza, no es simplemente un lugar de hacer las tareas escolares. Es un espacio donde los niños y niñas son llamados por su nombre, escuchados, acompa-ñados rodeados de cariño y ayudados en el desarrollo de su aprendizaje. Cada tarde de lunes, miércoles y viernes, camino hacia la zona de la Asociación de Vivienda Huancayo. Allí nos esperan niños y niñas entre 6 y 12 años — no sólo para hacer tareas, sino también para encontrarse, leer, compartir historias del día, y a veces, simplemente darnos un abrazo muy fuerte. Recuerdo una vez a un niño que tenía muchas dificultades para leer. Empezamos por letras, luego palabras, hasta que formamos frases. Fue entonces cuando comprendí que yo aprendía más de lo que apoyaba. Aprendí a escuchar, a ser paciente, a descubrir la fuerza en su perseverancia. Aprendí que un abrazo después del apoyo puede sanar más de lo que imaginamos.

Más allá del servicio en el apoyo he tenido la oportunidad de visitar las familias de algunos niños, donde he constatado su realidad de pobreza a todos los niveles, valorando aún más el servicio que prestamos a sus familias.

Recientemente concluimos el primer semestre con profunda gratitud. En la semana de Fiestas Patrias en Perú, nos reunimos con las familias para mirar el camino recorrido, escucharnos mutua-mente y celebrar con un pequeño compartir entre todos, para agradecer, para mantener las semillas de esperanza vivas en cada hogar.

Quiero también expresar mi sincero agradecimiento a quienes me han acompañado y sostenido en este camino, las hermanas Hildete, Rocío, Carine y las voluntarias Diana y Mary quienes no sólo me orientan en el trabajo, sino que también han sido un gran apoyo emocional día a día. Gracias a la comunidad donde vivo, por su confianza y por brindarme oportunidades para crecer, no solo en el idioma y en la cultura, sino también en mi manera de ver al otro.

La presencia, el acompañamiento y las palabras silenciosas de aliento de tantas personas son parte esencial del camino de “sembrar esperanza” que recorro cada día.

Este proyecto no existiría sin aquellas personas silenciosas que están detrás. Agradezco a la Congregación y las primeras hermanitas que, con amor incondicional, dieron origen a este proyecto y acogen a cada niño con ternura. Agradezco a los benefactores quienes, aunque no estén presentes cada día, su luz se manifiesta en cada lápiz, en cada hoja de papel, en cada sonrisa. Y me conmueve la confianza sencilla de las familias, al entregarnos a sus hijos/hijas, no en un lugar lleno de luces brillantes, sino en un espacio lleno de autenticidad y amor.

Quizás no podamos cambiar todo el mundo. Pero creo firmemente que, con cada encuentro, cada palabra escrita a mano, cada pequeño gesto de aliento, estamos sembrando en los corazones de estos niños y niñas semillas de esperanza. Y algún día, esas semillas crecerán, convirtiéndose en personas que aman, que comparten y que tienen el valor de seguir sus sueños. Al mirar hacia atrás en este camino, comprendo que vinimos aquí para ayudar… pero han sido ellos quienes nos han ayudado y nutrido. Y eso, justamente, es el milagro más hermoso que Dios ha querido regalarnos a cada una de nosotras, las Hermanitas de la Asunción.

Hna. Lan, Hermanita de la Asunción

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